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EL MOVIMIENTO PENTECOSTAL MODERNO
 

Antecedentes

“Pentecostal” no es el calificativo de una denominación o asociación religiosa específica, sino una tendencia o movimiento doctrinal y espiritual de gran empuje que caracteriza a buen número de denominaciones que tienen su origen en el universo protestante. Hoy, las iglesias pentecostales y neopentecostales constituyen la rama del Cristianismo de más rápido crecimiento. Se dice que en América Latina conforman el 80% de las iglesias de origen protestante, y que han dejado muy atrás a las iglesias históricas originadas en la Reforma del siglo XVI y XVII. Las iglesias pentecostales, de hecho, no sólo han crecido a expensas de la feligresía católica, sino también de las demás iglesias no católicas.

Antecedentes en el Nuevo Testamento

El término “pentecostal” o “pentecostés” pone énfasis en la acción del Espíritu Santo en los creyentes y proviene del evento narrado en el capítulo 12 de los Hechos de los Apóstoles cuando el Espíritu irrumpió sobre los apóstoles y se manifestó a continuación a través de fenómenos extraordinarios que se relacionan con el fenómeno llamado “bautismo del Espíritu Santo”. Entre estos fenómenos está en primer lugar la glosolalia o hablar en lenguas desconocidas. Este fenómeno carismático se siguió dando en las comunidades primitivas, como lo atestigua Pablo en 1 Corintios 14. Pablo, sin embargo expresa una clara preferencia por el “don de profecía” sobre el hablar en lenguas, pues aquel le parece más constructivo para la comunidad. Y, sobre todo, pone por encima de todos los dones el de la caridad o amor cristiano (cf. capítulo 13).

La glosolalia en los siglos posteriores

Algunos escritores antiguos y modernos dicen que esos dones extraordinarios del Espíritu desaparecieron cuando la Iglesia se consolidó, pues sólo estaban destinados a darle fuerza en su inicio, pero los pentecostales actuales afirman que aunque es cierto que se les valoró menos en los siglos siguientes, en realidad nunca desaparecieron. Mencionan como prueba numerosos ejemplos de escritores cristianos de todos los tiempos que dan cuenta de ellos y de personajes que los poseían. Entre los primeros se mencionan, desde finales del siglo I hasta mediados del siglo V, a Ignacio de Antioquia, la Didajé, el Pastor de Hermas, el Acta del martirio de Policarpo, Justino mártir, Ireneo de Lyon, Hilario de Poitiers, Ambrosio de Milán. En cambio, Juan Crisóstomo, Agustín de Hipona y León el Grande, aunque aceptan que el don de lenguas y otros fenómenos carismáticos se dieron en la Iglesia primitiva, se muestran reacios a aceptar su utilidad en su tiempo. Lo mismo pensará siglos después Tomás de Aquino. Probablemente estos padres de la Iglesia reaccionaban así porque los dones carismáticos proliferaron con igual o mayor fuerza en grupos considerados heréticos para la Iglesia institucional, como los gnósticos y los montanistas, entre los cuales veían que tales fenómenos eran llevados al extremo del fanatismo. Por esta razón y por la progresiva institucionalización de la Iglesia, los dones extraordinarios fueron cada vez menos valorados en un largo periodo que los historiadores pentecostales hacen durar desde el siglo V hasta el siglo XVII, aunque aclaran que se siguieron dando en los monasterios y aisladamente en algunos santos, tanto de los canonizados por la Iglesia Católica, como los considerados por ésta como herejes. Entre los primeros están Domingo de Guzmán, Antonio de Padua, Vicente Ferrer, Juan de la Cruz y Francisco Javier.

Antecedentes protestantes

La Reforma Protestante no produjo cambios en relación al reconocimiento y ejercicio de los dones del Espíritu. Sin embargo, la tradición carismática estuvo representada por el movimiento anabautista, especialmente por los “profetas” de Zwickau, a los cuales se opusieron violentamente tanto Lutero como los católicos.

En el siglo XVII, un incipiente despertar pentecostal se da en grupos considerados como periféricos o marginales respecto a las Iglesias de la Reforma. Están entre ellos los cuáqueros, o “tembladores”, llamados así en alusión a los fenómenos de carácter extático que en que entraban. Eran de tendencia radicalmente antiinstitucional. En el siglo XVIII, entre los pietistas, se daban casos aislados de éxtasis y experiencias semejantes a las de los pentecostales modernos. En este siglo tuvo también su origen el avivamiento metodista en Inglaterra iniciado por Juan Wesley. En los cultos metodistas se daban manifestaciones tales como trances, gritos, caídas al piso, temblores y exclamaciones de alabanza. Wesley jamás condenó esas expresiones y su teología, en especial su doctrina de una “segunda bendición”, su concepto de perfección cristiana y su carácter emocional, tuvieron gran influencia en el movimiento pentecostal. Es a mediados de este siglo cuando se da el primer Gran Avivamiento en las colonias norteamericanas. Uno de sus personajes más destacados fue el pastor congregacionalista Jonathan Edwards (1703-1758. Un folleto que escribió para describir y justificar las experiencias carismáticas que se dieron en su congregación, se difundió por todas las colonias y en Inglaterra, provocando un avivamiento generalizado.

En la segunda década del siglo XIX en Inglaterra se inició un movimiento que sí puede llamarse claramente pentecostal, aunque no prosperó. Es el iniciado por Edward Irving (1792-1834). Irving era pastor presbiteriano de la Iglesia de Escocia que llegó a Londres en 1822 a hacerse cargo de una parroquia de escoceses y ahí hizo amistad con importantes políticos e intelectuales de su tiempo. Pronto se comenzaron a dar en la congregación fenómenos de tipo pentecostal, como hablar en lenguas y profetizar, así como milagros y sanaciones. Pero en mayo de 1832 Irving fue destituido por la Iglesia de Escocia, que no estaba de acuerdo con esos fenómenos. Dos años después falleció Irving, pero ya había fundado una nueva iglesia llamada Iglesia Católica Apostólica, en la que, obedeciendo a mensajes recibidos en lenguas, se restablecieron los ministerios que había en la Iglesia primitiva sobre una base carismática y no por decisiones de las estructuras jerárquicas. Estos mensajes se convertirían en tema de todas las iglesias restauracionistas del siglo XIX y se repetiría hasta nuestros tiempos en muchas iglesias pentecostales. Los pentecostales del siglo XX han recibido inconscientemente la influencia de Irving y su Iglesia Católica Apostólica con respecto a la estructura de la Iglesia y la función de evangelistas, pastores y maestros, así como otros ministerios. La influencia también fue doctrinal para los pentecostales, aunque igualmente inconsciente, pues los pentecostales clásicos nunca han establecido una relación directa con los postulados de la iglesia fundada por Irving. Sin embargo, en la Iglesia Católica Apostólica se inició una práctica que luego pasó al pentecostalismo clásico y que consiste en definir, o cuando menos fortalecer, la doctrina a base de lenguas e interpretaciones. La Iglesia de Irving desapareció en 1901 con la muerte de su último apóstol, pero pervive en una división de la misma, originada en 1864, llamada Iglesia Nueva Apostólica.

Junto con los “irvinguitas”, también los Hermanos de Plymouth, fundados por John Nelson Darby (1800-1882), influirán en la teología de los pentecostales, pues su doctrina del Dispensacionalismo se hizo muy popular entre éstos.

También se puede tomar como antecedente del Movimiento Pentecostal surgido a principios del siglo XX, el movimiento de “Santidad”, inspirado en Juan Wesley, que se fue extendiendo en Estados Unidos no sólo entre los metodistas sino en otras iglesias y se expresó en múltiples “avivamientos”. El movimiento de Santidad descansaba en cuatro principios: la justificación por la fe, la santificación como una segunda obra de la gracia, la sanidad divina y la segunda venida de Cristo previa al Milenio.

Como resultado de todas estas experiencias se comenzó a crear un nuevo lenguaje en el que la palabra “pentecostal” se mencionaba más y más, se comenzaron a preguntar si la experiencia del día de Pentecostés no sería también para todos los tiempos y se comenzó a orar por los enfermos practicando la sanidad divina. Incluso nació una iglesia que se llamó a sí misma “pentecostal”, que fue la Iglesia Pentecostal del Nazareno, pero este calificativo no estaba necesariamente unido al fenómeno de la glosolalia. Más aún, cuando aparecieron los pentecostales que ponían énfasis en el don de lenguas, esa iglesia suprimió de su nombre la palabra “pentecostal” para no ser confundida con ellos. En resumen, podemos decir que, para fines del siglo XIX, había una combinación de expectaciones que cada vez señalaban con mayor intensidad en dirección de lo que posteriormente se concretaría en el Movimiento Pentecostal.

Nace el Movimiento Pentecostal: Topeka y la Calle Azusa.

Charles F. Parham era un ministro metodista de Kansas afiliado al movimiento de “Santidad”, que en 1898 se estableció en la ciudad de Topeka, Kansas. Ahí dirigía una escuela bíblica, llamada Bethel College, y un “hogar de Sanidad”, donde se atendía a los enfermos y se oraba por ellos. A fines de 1900 Parham tuvo que ausentarse de la escuela y dejó a sus alumnos la tarea de buscar en la Biblia todo lo relativo al bautismo del Espíritu Santo. A su regreso, le informaron que según ellos, en el libro de los Hechos de los Apóstoles la glosolalia o hablar en lenguas era la señal de que una persona había sido bautizada con el Espíritu Santo y que estaban ansiosos porque se repitiera en ellos la experiencia de Pentecostés. La última noche de diciembre de 1900, Parham y sus alumnos tuvieron un culto de oración en el que pidieron ser bautizados con el Espíritu Santo. Poco después de la media noche, es decir, en las primeras horas del siglo XX, un alumna de nombre Agnes Ozman comenzó a hablar en otras lenguas. El mismo Parham tuvo la experiencia unos días después y luego le siguieron otros de sus alumnos. Durante los siguientes cinco años, Parham y sus alumnos se dedicaron a diseminar esta “Fe Apostólica”, como llamaron a su movimiento, por todo el medio oeste, haciendo numerosos conversos. Por lo anterior se considera a Topeka, Kansas, como la cuna del movimiento pentecostal moderno, al que se le llama también “pentecostalismo clásico”, pues aunque en ese mismo tiempo se estaban dando ya experiencias aisladas semejantes, tanto en Estados Unidos como en otros países, es un hecho que fue a partir de Topeka que el mensaje pentecostal se comenzó a proclamar con una intensidad que antes no se había conocido y que permitió a dicho mensaje difundirse por toda la tierra.

En 1905 Parham mudó su instituto bíblico a Houston, donde se produjeron las mismas manifestaciones carismáticas. Desde ahí evangelizó todo Texas y el sudoeste. A los cuatro principios del movimiento de Santidad, Parham había añadido un quinto: el bautismo del Espíritu Santo con la “evidencia inicial” del hablar en otras lenguas. Aunque Parham era un convencido racista (de hecho era miembro activo del Ku Kux Klan), aceptó a un alumno negro, bautista, de nombre William. J. Seymour, con la condición de que tomara las clases en un salón contiguo. En 1906 Seymour se trasladó a Los Ángeles, California, invitado a predicar en una iglesia nazarena. El primer domingo que predicó en esa iglesia, Seymour habló del bautismo en el Espíritu Santo y del don de lenguas como “evidencia inicial” de haberlo recibido. Esto asustó a la congregación, que le cerró las puertas. Richard Asbury, que no había asistido al culto de aquel domingo lo invitó a su casa. Seymour compartió con sus anfitriones el mensaje pentecostal y comenzó a formar una pequeña congregación. Muy pronto la casa de los Asbury fue insuficiente para dar cabida a todos los que acudían, al principio más por curiosidad, a contemplar los extraños fenómenos que ahí se daban, y el grupo se cambió a la calle Azuza de los Ángeles, a un viejo y amplio depósito abandonado que rentaron y acondicionaron con suma pobreza para que sirviera de iglesia. Le dieron a la iglesia el nombre de Misión de la Fe Apostólica (Apostolic Faith Gospel Misión).

En 1906 Seymour invitó a su maestro Parham a predicar en Azusa, pero éste lo hizo en términos tan negativos para la congregación y para la persona de Seymour, que rompieron con él y los lazos entre los dos líderes nunca más volvieron a restablecerse. Sin embargo, como heredera de las enseñanzas de Parham, las cinco enseñanzas principales de la Misión de la Calle Azusa eran: 1) Justificación por la fe, 2) Santificación como obra concreta de la gracia, 3) El Bautismo del espíritu santo, evidenciado por el hablar en otras lenguas, 4) La sanidad divina, o curaciones por el poder de la oración, y 5) El arrebatamiento personal premilenarista de los santos en la segunda venida de Cristo.

En el corto periodo que va de 1906 a 1909 aquella congregación aumentó notablemente su feligresía y de ese lugar el mensaje pentecostal comenzó a diseminarse por todo el mundo. El campo abonado para la difusión de sus enseñanzas, y del que a su vez se originaba, eran las iglesias adheridas al movimiento de Santidad. Comenzaron a llegar a la calle Azusa ”peregrinos” de otras ciudades de Estados Unidos y Canadá. Algunos de estos pastores, al volver a sus iglesias de origen, las “pentecostalizaron”, como pasó, por ejemplo, con la Iglesia de Dios en Cristo; otros llevaron el mensaje a Europa: Noruega, Suecia, Dinamarca, Inglaterra, Alemania, Francia y Rusia. En América Latina llegó hasta Chile y Brasil, donde echó profundas raíces. De Azusa salieron misioneros por lo menos a 36 países.

Al morir Seymour en 1922 su viuda se hizo cargo de la misión, pero ésta finalmente fue cerrada en 1929. La Misión de la Fe Apostólica desapareció, pero sirvió de potente ímpetu inicial y de inspiración al pentecostalismo de todo el mundo, mucho más todavía que la congregación de Topeka. Esta misión de la calle Azusa fue el antecedente de importantes iglesias que fueron surgiendo en años sucesivos, como las Asambleas de Dios y la Iglesia del Evangelio Cuadrangular.

En cuanto a su teología, aparte de los cinco puntos mencionados que los distingue, la gran mayoría de los pentecostales sostiene las doctrinas del cristianismo protestante histórico (con la excepción de los “unitarios”, de doctrina sabeliana), pero en un sentido conservador y fundamentalista. Muchos, quizás la mayoría, son premilenaristas en su escatología y no pocos son dispensacionalistas. Con respecto al bautismo de agua, generalmente se oponen al bautismo de infantes y son inmersionistas

El Pentecostalismo en México

Entre la feligresía de la Misión de la Fe Apostólica no dejaron de contarse algunos mexicanos, dada la ubicación en una ciudad con fuerte presencia de ellos. Pero dado también el espíritu de discriminación que había en ese tiempo, los mexicanos se vieron pronto obligados a establecer sus propios lugares de culto por separado. Con el tiempo estos grupos se fueron convirtiendo en denominaciones o se afiliaron a denominaciones de habla inglesa que establecieron “departamentos hispanos”, como sucedió, por ejemplo con las Asambleas de Dios.

Una de esas denominaciones formadas por mexicanos se estableció en 1914, en Aldama, Chihuahua, y constituye la primera presencia de pentecostales en México. Se trata de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, fundada por la señora Romana Valenzuela, que había emigrado a California y allá había conocido el movimiento pentecostal. Ese mismo año comenzó a trabajar entre mexicanos Henry C. Ball, por cuenta del grupo que posteriormente se convertiría en las Asambleas de Dios, las cuales se establecieron en Monterrey en 1917. En 1920 la misionera canadiense Ana Sanders fundó el templo que ahora se conoce como Templo de la Fe en Cristo, en la ciudad de México, que comenzó siendo de las Asambleas de Dios.

Las iglesias pentecostales establecidas en México, cuyos miembros constituyen un mínimo de dos terceras partes de todos los protestantes del país, muestran la amplia gama doctrinal, de gobierno y disciplina que caracteriza al pentecostalismo en todo el mundo. Hacemos en seguida un intento de clasificación de las asociaciones pentecostales que hay en México, y en su respectivo lugar de este Mapa Religioso se podrá encontrar la descripción particular de las que hay en el estado de Chihuahua:

1. Las iglesias que se establecieron bajo el patrocinio de organizaciones pentecostales del extranjero. Entre ellas se pueden contar a las Asambleas de Dios, la Iglesia del Evangelio Cuadrangular, La Iglesia de Dios de la Profecía, la Iglesia de Dios Evangelio Completo.

De especial importancia son las iglesias que siempre incluyen en su nombre la palabra “independiente”, y que son resultado del trabajo original del misionero sueco Axel Anderson (ver: Iglesia Evangélica Independiente). En los últimos años se han establecido en México otras iglesias pentecostales de procedencia norteamericana, algunas patrocinadas por denominaciones de ese país, pero la mayoría son autónomas y aspiraciones localistas. De todas maneras, por su amplia membresía, son interesantes para los estudiosos del crecimiento de las iglesias en México.

2. Iglesias autóctonas. Con este nombre designamos a las iglesias que desde el primer momento estuvieron bajo la dirección de mexicanos y que poca o ninguna relación han tenido con iglesias pentecostales extranjeras. Algunas son resultado de divisiones que hubo en iglesias de origen extranjero, como la Iglesia de Dios en la República Mexicana, la Confraternidad de Iglesias de las Asambleas de Dios, la Iglesia Cristiana Bethel etc. Entre las iglesias autóctonas está el grupo conocido como MIEPI (Movimiento Iglesia Evangélica Pentecostés Independiente), fundado en 1930.

Especial lugar ocupan las iglesias autóctonas llamadas “del nombre de Jesucristo”, a las que, impropiamente, se les dice “unitarias”, pero que más bien se relacionan con el antiguo modalismo o sabelianismo, que profesaba la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, al igual que el Padre, pero no los reconocían como personas dentro de la Trinidad, sino como “modos” distintos de manifestarse el Padre. Estas iglesias constituyen un elevado porcentaje entre los pentecostales de México. La primera de todas ellas es la ya mencionada Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús. De ella se deriva la Iglesia de la Luz del Mundo, fundada por Eusebio Joaquín, mejor conocido como “Aarón”. De ésta, a su vez, se separó la Iglesia del Buen Pastor.

3. Congregaciones independientes. Forman parte de este grupo las iglesias que en el Tema introductorio: Simplemente cristianos, hemos llamado “neopentecostales”, aunque acerca de este término hay que hacer una aclaración: también se les ha llamado neopentecostales a los sectores de otras denominaciones que han aceptado el pentecostalismo, sin dejar sus iglesias. Otro término más apropiado para estos cristianos, porque genera menos confusión, es el de “carismáticos”. Aquí usamos el término “neopentecostal” para los que se han separado de las denominaciones pentecostales y de otras por influencia del pentecostalismo y han formado una gran cantidad de grupos autónomos. Esto nos lleva a considerar una característica muy acentuada del pentecostalismo desde sus inicios: su carácter notoriamente divisivo. Esta tendencia a la separación respecto del grupo al que se pertenece se ha acentuado a partir de los años sesenta y ha dado lugar a un número casi incalculable de iglesias separadas o independientes que, incluso, rehúsan todo tipo de denominación y se hacen llamar únicamente “cristianos”, aunque, como vimos en el tema mencionado, había ya otras iglesias que tenían la misma pretensión. En la década de los 80 ya se hablaba de que surgían cada año en América Latina por lo menos 6,000 congregaciones nuevas, de las cuales por lo menos 4,000 eran de tipo pentecostal y muchas de ellas de carácter sólo local y sin ninguna relación institucional con ninguna otra. México no es la excepción y así vemos que millares de este tipo de congregaciones se encuentran diseminadas por todo el país. Irónicamente, este divisionismo sucede paralelo al movimiento de unidad que han emprendido otras iglesias protestantes, principalmente las históricas, para superar las divisiones y buscar la unidad, nos referimos al Movimiento Ecuménico.

El Pentecostalismo Católico

Prácticamente todas las iglesias pentecostales en su origen se fueron formando con miembros de las demás denominaciones, especialmente metodistas, bautistas y presbiterianos, que se acercaban atraídos por lo que consideraban una expresión más viva del Cristianismo, en contraste con sus iglesias de origen, a las que percibían como demasiado rígidas y formales, tanto en su organización como en su culto. Sin embargo, a partir de 1960, se dio un nuevo fenómeno: el pentecostalismo ya no sólo atrajo miembros de las demás iglesias para formar otras nuevas, sino que penetró en el seno de las distintas denominaciones sin que sus adherentes pensaran en abandonarlas. Esto no sucedió sin conflictos, pues parte de la membresía de esas denominaciones rechazaban la novedad. Pero finalmente se crearon grupos o tendencias, o, para usar la palabra adecuada, movimientos de carácter carismático dentro de cada iglesia. Así sucedió en primer lugar con los episcopalianos, luego con los luteranos, metodistas, congregacionalistas y presbiterianos, y también con los católicos. Por ser éstos una mayoría en México y en Chihuahua, y por la extrañeza que pudiera causar tal fenómeno de la irrupción en la Iglesia Católica de un movimiento nacido en el Protestantismo, nos vamos a ocupar un poco más de ellos.

En 1966, varios profesores laicos de la Universidad Duquesne, en Pittsburg, Pennsylvania, dirigida por la congregación religiosa de los padres del Espíritu Santo, que se dedicaban a tareas de apostolado, especialmente en el campo litúrgico y en la catequesis, comenzaron a sentirse un tanto desalentados por los escasos resultados obtenidos. Entonces resolvieron recitar diariamente el conocido himno de la misa de Pentecostés, “Ven, Espíritu Santo”. Poco a poco fueron sintiendo que su fe se renovaba y se hacían más fervorosos. Después de perseverar meses en esta práctica, en agosto de ese año, durante un congreso de los Cursillos de Cristiandad, un amigo les regaló a dos de ellos un libro, invitándolos insistentemente a leerlo. Se trataba del bestseller La Cruz y el Puñal, escrito por David Wilkerson, un predicador pentecostal que narraba su ministerio entre los jóvenes pandilleros y drogadictos de Nueva York. La última parte del libro habla sobre el bautismo del Espíritu Santo y la función del Espíritu en la vida del cristiano. Con ayuda del libro, los profesores fueron comprobando las citas bíblicas y redescubriendo el significado de muchos textos. Entre tanto, Ralph Keifer, uno de los profesores, había leído también el libro Hablan Otras lenguas, de John Sherrill, que presenta un análisis del pentecostalismo en Estados Unidos.

Animados por estas lecturas, los profesores de Duquesne decidieron vivir la experiencia de recibir el bautismo del Espíritu Santo, pero no sabían a donde acudir. No conocían ninguna iglesia pentecostal, además tenían reservas de hacerlo. Entonces acudieron a un sacerdote episcopal que hacía poco les había dado una conferencia en la universidad y él, sin estar involucrado, los presentó con un grupo de personas que se reunían a orar en una casa. Resultó ser efectivamente un grupo carismático de oración, aunque no pertenecía a ninguna iglesia pentecostal. El 13 de enero de 1967 asistieron por primera vez a la reunión el profesor Keifer, su esposa y otros dos profesores. A la siguiente reunión solamente Ralph y otro profesor pudieron asistir. En esa ocasión se les impusieron las manos y hablaron en lenguas. A la semana siguiente Ralph impuso las manos a los otros dos y ellos también recibieron el bautismo del Espíritu Santo. A mediados de febrero se formó un grupo de oración que fue aumentando cada vez más con gente que también recibía el dicho bautismo. Lo curioso fue que siendo católicos, sentían que aquello en nada se oponía a su fe, que ésta se consolidaba y su visión de las doctrinas católicas, como en los Sacramentos, la devoción a María, su amor a la Iglesia, por ejemplo, se hacían más claras y evidentes.

No había pasado un mes, cuando el movimiento se extendió a la Universidad de Notre Dame y al alumnado católico de la Universidad Estatal de Mischigan. A partir de esos tres núcleos iniciales se ensanchó aún más, proyectándose a Cleveland, a la Universidad de Iowa, a la de Pórtland, Oregon, y a otras partes. Los fenómenos que ahí se observaban eran los ya conocidos: hablar en lenguas, sanación de enfermedades y, sobre todo, una vivencia más entusiasta de la fe. Mientras tanto, acontecimientos semejantes y aparentemente sin ninguna relación con Duquesne, tuvieron lugar en otras ciudades de Estados Unidos.

En un primer momento, la mayoría de los católicos reaccionó negativamente ante ese nuevo movimiento, pues no tenían buena opinión del pentecostalismo. Lo rechazaban como una rareza protestante, típicamente norteamericana, surgida de un frenesí emocional, una superficialidad religiosa o un proselitismo de mal gusto. Pero el movimiento se fue imponiendo con vertiginosa rapidez. Para 1969 ya se había celebrado en Notre Dame una primera Conferencia Nacional sobre la Renovación Carismática en la Iglesia Católica, a la que asistieron 500 representantes. En 1970 se calcula que había por lo menos 10,000 católicos carismáticos norteamericanos y en junio de ese mismo año se celebró en South Bend la otra Conferencia Nacional, a la que asistieron 1279 delegados, de los cuales 279 procedían de otros países, lo cual muestra cómo el movimiento comenzaba a extenderse a todo el mundo de una manera similar a lo que había acontecido en el mundo protestante. La Conferencia que se celebró también en Notre Dame en 1974, ya fue internacional y reunió a 25,000 personas provenientes de muchos países. En octubre del año anterior tuvo lugar en un suburbio de Roma una conferencia internacional de dirigentes en la que participaron 126 de 34 países. Ahí se elaboró un documento que fue aprobado por la Congregación vaticana para la Defensa de la Fe. Al principio la inmensa mayoría de los grupos de oración estaban formados por laicos, pero comenzaban a integrarse más y más en ellos buen número de sacerdotes, religiosas y religiosos y hasta obispos.

¿Cuál fue la reacción de las autoridades de la Iglesia Católica a estas experiencias? Al principio fue de recelo, pero poco a poco el hielo se fue derritiendo y los obispos comenzaron a admitir el movimiento en sus diócesis. Los teólogos se dedicaron a estudiar el fenómeno a la luz de la teología católica, sobre todo lo concerniente a la naturaleza y misión del Espíritu Santo, y vieron una plena conformidad de los contenidos del movimiento con la teología de la Iglesia, así como también comenzaron a redescubrir que fenómenos semejantes a los que ahora se estaban dando se habían dado siempre en la historia de la Iglesia, aunque con altibajos. Después de todo, la historia de la espiritualidad y de los santos católicos está llena de alusiones a fenómenos sobrenaturales como milagros, sanaciones, profecías, visiones, audiciones, apariciones, levitaciones, ubicuidades, hablar en lenguas extrañas, etc. Veían ahora una época de renovación de esa teología del Espíritu Santo que, además, venía a renovar muchos otros aspectos de la vida de la Iglesia. Se le dio el nombre de Movimiento de la Renovación Carismática Católica o Movimiento de Renovación en el Espíritu Santo, evitando la palabra “pentecostal” para distinguirlo del pentecostalismo desarrollado en el Protestantismo, ya que no todos los elementos doctrinales del mismo eran aceptables para la Iglesia Católica.

Otro factor que contribuyó a la aceptación del movimiento carismático fue su plena conformidad con la “teología kerygmática” que a partir de los años 50 del siglo XX teólogos católicos comenzaron a impulsar preocupados por una brecha que se abierto entre una teología académica, demasiado fría y abstracta, y la práctica pastoral que quiere hacer llegar el mensaje de Dios al corazón del hombre en orden a su conversión.

Las obras de teología y espiritualidad sobre el movimiento se multiplicaron y numerosos obispos fueron publicando documentos aprobatorios a medida que el mismo se introducía en sus diócesis. Llama la atención que prácticamente todos esos documentos, al mismo tiempo que reconocen los aspectos positivos del movimiento ponen en guardia sobre sus riesgos: excesivo emocionalismo y poco compromiso social, individualismo, absolutización de los carismas por encima de los sacramentos y de lo institucional, influencias protestantes inaceptables, etc.

Personajes de gran relevancia en el mundo católico, tanto laicos como clérigos, se afiliaron al movimiento y se hicieron fervorosos propagandistas, como el cardenal belga Suenens, el teólogo francés Laurentin, el sacerdote canadiense Tardif, el sacerdote norteamericano Forrest, el laico mexicano José Prado Flores, etc. etc.

Un momento clave en la vida de la Renovación en el Espíritu Santo fue cuando el Papa Pablo VI se dirigió a los 10,000 participantes en la Conferencia Internacional que se celebró en Roma en marzo de 1975 manifestándoles su deseo de que esta corriente espiritual contribuyera a la renovación de la Iglesia deseada por el Concilio Vaticano II, al mismo tiempo que les indicó varios criterios para un funcionamiento correcto del movimiento. También Juan Pablo II se ha dirigido en varias ocasiones a los carismáticos en términos aprobatorios.

La renovación carismática en la Iglesia Católica, a diferencia de lo que ha sucedido en el Protestantismo, no ha dado origen, sino muy excepcionalmente, a grupos separados, sino que se ha integrado plenamente en la unidad de la Iglesia contribuyendo a dinamizar estructuras anquilosadas y formas de piedad rígidas.

Algunos escritores han buscado las posibles causas y el entorno sociorreligioso que explican el surgimiento de este fenómeno carismático en la Iglesia Católica, entre las cuales señalamos las dos siguientes que, a su vez, contienen muchas más: la década de los 60 fue un período histórico henchido de inquietudes sociales e impulsos renovadores en todos los campos, piénsese, por ejemplo en los movimiento de protesta juveniles de México, Paris, etc.; en el campo católico el acontecimiento del Concilio Vaticano II con toda la cauda de renovación que dejó tras de sí: la inclusión de la Iglesia en el Movimiento Ecuménico, la renovación de la teología, incluyendo la que concierne al Espíritu Santo, la valoración del laicado, etc.

La Renovación Carismática en México y en Chihuahua

El origen del Movimiento de la Renovación Carismática en México remonta a un retiro espiritual que se realizó el 20 de diciembre de 1970 en la sede del Secretariado Social de la arquidiócesis de México, impartido por el jesuita Harold Cohen, perteneciente al equipo pastoral de la diócesis de Nueva Orleáns. Asistieron a este retiro 30 personas, la mayoría de las cuales recibieron el bautismo en el Espíritu Santo y así quedó inaugurado el primer grupo de oración carismática en México. Poco después el centro motor del movimiento quedó ubicado en San José del Altillo, una casa perteneciente a los misioneros del Espíritu Santo, congregación religiosa fundada en México.

Pero casi paralelamente a la ciudad de México, el movimiento penetra en algunas ciudades fronterizas del norte, dada su proximidad con las diócesis sureñas de Estados Unidos, donde la renovación carismática crecía a gran velocidad. Entre esas ciudades estaban Tijuana y Mexicali, pero también ciudad Juárez. En 1969 el padre Richard Thomas, jesuita, y la hermana María Virginia, comienzan a formar grupos de oración en El Paso y Juárez. Por la tendencia del padre Thomas y de la hermana Virginia a trabajar con los pobres, los grupos carismáticos por ellos formados nacen con una fuerte conciencia social. En 1970 comienzan a unificar y organizar en cooperativas a los pepenadores de Juárez y fundan en El Paso “El Rancho del Señor” que produce alimentos para abastecer la “Tienda del Señor”, una cooperativa de alimentos. En Juárez los grupos carismáticos llegaron incluso a una fuerte concientización política que los llevó a participar en la campaña que llevó a Francisco Barrio a la presidencia municipal.

A la arquidiócesis de Chihuahua llegó el movimiento en 1971 a través del presbítero Noel Delgado Torres, quien junto con el presbítero Vicente Gallo Torres, había tenido la experiencia carismática gracias a unos sacerdotes que venían de Phoenix, Arizona. El P. Noel fundó un centro de pastoral en la Colonia Magisterial, al que llamó del Espíritu Santo, y al que le dio esa orientación carismática. En 1972 el seminarista Luis Padilla, que estaba en el último año de formación, asistió a un curso de Renovación con los misioneros del Espíritu Santo en el Altillo, donde destacaban como dirigentes del movimiento los sacerdotes Alfonso Navarro y Salvador Carrillo Alday. El padre Noel murió en 1972 y Luis Padilla, ya ordenado, lo sustituyó al frente del centro pastoral del Espíritu Santo. Entre los primeros laicos que comenzaron con el movimiento en Chihuahua estaban Ricardo Saucedo, Adalberto y Adriana Rodríguez y Bety Castañeda. Entre los sacerdotes han destacado Antonio Ramírez, Juan Luis Gándara y Manuel López. Éste fue nombrado asesor del movimiento en Chihuahua el 9 de febrero de 1976, fecha en que el arzobispo Adalberto Almeida le dio reconocimiento oficial a la Renovación Carismática en la arquidiócesis. El P. López publicó en 1987 los primeros estatutos y en 1988 fundó el Centro Diocesano de la Renovación en el Espíritu Santo. Un momento culminante del movimiento fue en 1988 en que se celebró un Congreso carismático, dirigido por el “Padre Toño” en el gimnasio M. B. Aguirre, con una asistencia de 13,000 personas.

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